El Blog de Alerce

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El Último Hombre, de Mary Shelley

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El Último Hombre es una novela singular a la que resulta difícil encasillar en un género.

Ciertamente, no es una novela de ciencia ficción, por más que esté situada en el para Mary Shelley lejano siglo XXI, pues la autora no hace ningún esfuerzo por anticipar los cambios que podría acarrear el transcurso de tanto tiempo: la vida en el siglo XXI de la novela es idéntica a la que llevaban los contemporáneos de Mary Shelley, con la única excepción de importancia de la adopción de un sistema de gobierno republicano en el Reino Unido. Posiblemente, al situar la acción en un futuro tan distante, la autora solo pretendía marcar una distancia simbólica respecto de unos hechos que le tocaban excesivamente de cerca, distancia que le permitiera escribir sobre ellos con algo más de libertad y sin tanto sufrimiento. Tampoco es una novela gótica, o de terror, lo que quizá resulte decepcionante para los lectores que lleguen a ella buscando otro Frankenstein, aunque puede encajar en cierta medida en el subgénero de las “novelas de la plaga” que ya en época de Mary Shelley contaba con representantes tan ilustres como Daniel Defoe. Lo que sí que está fuera de toda duda es el estilo romántico, característico de Mary Shelley, que al lector contemporáneo se le puede hacer algo pesado hasta que se acostumbra a su ritmo lento y a sus largos monólogos.

Mary Shelley escribió y publicó esta novela en una etapa crítica de su vida. Fue su tercera novela publicada, tras el juvenil Frankenstein y la novela histórica Valperga, y puede suponerse que con ella la autora perseguía varias motivaciones. Por una parte, estaba sin duda el asunto económico: Mary era ya viuda, con un hijo pequeño a su cargo, y tenía la necesidad urgente de obtener los medios para mantenerse a sí misma y a su hijo. Pero cabe suponer que la motivación del reconocimiento también estaba muy presente. En la novela parece patente el esfuerzo de la autora por hacer algo bueno, que fuese bien valorado, una obra madura y seria con muy poco del tono de “divertimento” que en ocasiones se puede apreciar en Frankenstein, pero al mismo tiempo sin renunciar al estilo propio que la autora había empezado a forjarse con aquella primera obra.

Pero si estas eran en verdad las motivaciones de Mary Shelley con esta novela, hay que decir que ambas se saldaron con un fracaso completo. La obra recibió unas críticas feroces, en muchos casos rebasando las líneas rojas de la denigración, la ridiculización y los ataques personales de todo tipo contra la autora, y comercialmente fue tal fracaso que no volvió a editarse hasta mediados del siglo XX. Puede consolarnos que Mary llegaría de hecho a obtener tanto la riqueza como el reconocimiento, sobre todo a partir de la edición de Frankenstein de 1831 y de la mano de la inmensa popularidad de esta obra, alcanzada en buena medida gracias a sus adaptaciones teatrales. Ante semejante despliegue de fervor público, cualquier pretensión de los “críticos cultos” que tan duramente habían tratado a Mary Shelley de seguir anulándola ya resultaba irrelevante y estaba condenada al fracaso. Pero puede decirse que, para entonces, el daño ya estaba hecho: en sus obras posteriores, Mary no volvió a alejarse de los respetables géneros de la novela histórica y romántica.

Aunque hay que admitir que, cuando se comienza a leer El Último Hombre, es fácil caer en la tentación de compartir esas críticas tan despiadadas contra la novela. El primer volumen del libro se hace duro de leer: los personajes resultan muy planos, absolutamente idealizados en su exagerada enumeración de virtudes y habilidades, y las peripecias en las que se ven envueltos son de lo más extravagantes y no se ve qué relación pueden tener con lo que uno presupone que es el tema del libro, según lo que anuncia el título y lo que uno ya puede saber de él antes de leerlo. Por mi parte, llegué incluso a pensar que la autora había empezado a escribir una novela y que a medio camino se había arrepentido y había empezado otra, y que se había limitado a reciclar ese comienzo ya desfasado simplemente para engrosar el libro y su precio, como hoy en día hacen ciertos autores de bestsellers sin escrúpulos, en lugar de tirarlo a la papelera, como habría sido lo recomendable.

No se puede negar que hace falta tenerle mucha fe a Mary Shelley para superar ese primer volumen. Pero es una fe con recompensa, porque el segundo es mucho mejor, y el tercero ya roza la excelencia. Poco a poco se va comprendiendo el propósito de la novela, y por qué ese primer volumen es esencial y en modo alguno podría eliminarse. Vemos así cómo esos personajes idealizados, cómo todas sus antiguas preocupaciones y sus afanes, que en su momento parecían tan importantes, se vuelven de repente un recuerdo añorado, pero a la vez pierden todo su sentido, cuando la peste golpea en el preciso instante en el que Raymond consigue su objetivo de reconquistar Constantinopla para los griegos. De pronto solo queda lo que Mary Shelley denomina repetidamente la “vida animal”, el puro esfuerzo por seguir viviendo cuando alrededor todo se derrumba y todas las personas que alguna vez fueron importantes se van yendo. Y es que Mary Shelley es en realidad ese último hombre, condenado como está a una soledad y un aislamiento absolutos y definitivos, al igual que el protagonista de la novela cuando sus últimos acompañantes fallecen en un naufragio. Muertes que son consecuencia por otra parte de un puro capricho, de la ocurrencia de echarse al mar para satisfacer el deseo trivial, innecesario, de una niña; en esta escena de la novela, los ecos del accidente en el que falleció su esposo Percy son palmarios.

La novela nos abre así una ventana a la experiencia vital de una Mary Shelley que en esos momentos se sentía completamente sola, abandonada a merced de quienes, como los críticos que tan injustamente trataron su novela, no querían nada bueno para ella. Las interpretaciones feministas y políticas de la novela que sugiere el prólogo que la acompaña en la edición que he leído –prólogo que aconsejaría leer solo tras terminar la novela, como por otra parte sugiere el propio prólogo en sus primeras líneas– me parecen más forzadas. Por muy importantes que fueran Mary Shelley y su madre Mary Wollstonecraft para el movimiento feminista, me parece una injusticia encasillarlas permanentemente en esa única faceta. Hay muchas otras facetas en esta novela, y el lector perseverante las disfrutará enormemente.

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