La “Investigación sobre los Principios de la Moral”, al igual que la “Investigación sobre el Entendimiento Humano”, es una de las principales obras de madurez de David Hume. Ambas reelaboran diferentes secciones del “Tratado de la Naturaleza Humana”, ambicioso trabajo de un joven Hume que en el momento de su publicación pasó esencialmente desapercibido. Mientras que en la “Investigación sobre el Entendimiento Humano” Hume presenta su teoría del conocimiento, en la “Investigación sobre los Principios de la Moral” se propone aplicar este método al estudio de la fundamentación de la moral.
Con este marco de referencia, la fundamentación buscada por Hume no pretende ser algo que pueda establecerse “a priori”, sino que constituye un estudio “a posteriori”, construido mediante un método empírico, “experimental”, que se basa en analizar el comportamiento de las personas empleando un razonamiento inductivo, que, como destaca Hume en las primeras páginas de la obra, está guiado de forma casi infalible por la propia naturaleza del lenguaje con el que nos comunicamos. De este modo, con esta obra Hume se propone analizar el conjunto de propiedades que en la vida cotidiana se consideran como morales o meritorias, así como los atributos y hábitos que hacen que una persona sea apreciada o, por el contrario, objeto de desprecio, para acabar llegando al fundamento de unos y otros mediante la aplicación del método inductivo.
Hume comienza su argumentación planteando el debate, muy activo en su época, entre los que consideran la moral como un asunto de la razón, y los que en cambio la consideran dirigida por los sentimientos. Para los primeros, entre los cuales podría señalarse a Leibniz como autor representativo, la moral es el resultado objetivo de un orden racional del mundo que diferencia necesariamente entre lo correcto y lo incorrecto. En cambio, autores como Hutcheson o Butler defienden la idea de un “sentido moral” natural, incluso innato, como el verdadero origen de cualquier actitud moral. Frente a esta disyuntiva, y ya en las primeras páginas de la obra, en la sección titulada “De los principios generales de la moralidad”, Hume establece su postura: una combinación original entre razón y sentimiento, en la que ambos elementos son necesarios, pero en la que se puede identificar una clara preponderancia de lo que Hume denomina el “sentimiento moral”.
Como se ha dicho, Hume no establece esta premisa como un postulado, sino que llega a ella tras una cuidadosa y detallada observación de lo que constituye un acto moral en la vida cotidiana. Este método identifica lo virtuoso con lo que genera una reacción de alabanza; y, a medida que enumera ejemplos cotidianos, para Hume el elemento común de las acciones que producen tales alabanzas es claro: no es otro que lo que resulta útil y benevolente.
De ahí el papel imprescindible de la razón para la acción moral. En efecto, lo que en un contexto determinado es útil muchas veces no resulta inmediatamente evidente, sino que solo se alcanza tras un cuidadoso y detallado proceso de razonamiento; y, del mismo modo, para juzgar correctamente las acciones de otras personas, debemos asegurarnos de comprender sus razones y todas las consecuencias que pretende alcanzar con sus actos. Hume establece en este punto una analogía con la apreciación estética, que en general exige una comprensión racional de la obra que se está apreciando.
La razón juega por tanto un papel necesario, pero que al mismo tiempo cabe calificar de auxiliar; pues si bien Hume identifica acción moral con utilidad, no está hablando de una utilidad cualquiera. Por ejemplo, en determinadas circunstancias una persona podría llegar a calcular que le resultaría útil cometer un asesinato, pero en general difícilmente podría calificarse este acto como moral. ¿Qué es lo que invalida a este cálculo de la utilidad como principio moral?
Pocos años después, Bentham resolvería esta cuestión combinando la identificación de Hume de moralidad y utilidad con los postulados de Hutcheson de moralidad como búsqueda de “la mayor felicidad para el mayor número”: lo que falla en este cálculo es que es un cálculo egoísta, quizá correcto para el individuo que lo realiza, pero difícilmente compatible con el principio de “mayor felicidad para el mayor número”, si se generalizase y todos estuviésemos expuestos a que se considerase legítimo asesinarnos para conseguir un beneficio. Son sin embargo bien conocidos los excesos a los que puede llevar esta maximización racionalista de la utilidad, especialmente para las minorías: si bien asesinar a un individuo por un beneficio particular no puede considerarse moral, quizá podrían encontrarse argumentos «utilitaristas» a favor de eliminar a una persona o grupo de personas en beneficio de un cierto “bien colectivo”.
Hume, en cambio, resuelve la cuestión de una forma radicalmente distinta, que lo aleja definitivamente de los planteamientos puramente utilitaristas, por mucho que “utilidad” sea un concepto fundamental y muchas veces repetido en sus argumentaciones. Pues, para Hume, para que este cálculo racional de la utilidad lleve a un juicio moral, debe estar necesariamente seguido de un sentimiento, sentimiento que frente a un asesinato no puede ser sino de aversión, y que en cambio frente a acciones genuinamente morales es de aprobación. La razón informa, pero la moral es en última instancia un asunto de sentimientos, pues es el sentimiento el que faculta para establecer una escala de valoración entre acciones que para una pura aplicación de la razón podrían resultar indiferentes. Como afirma una conocida máxima de Hume, en lo que respecta a los juicios morales, la razón debe ser esclava del sentimiento.
Se llega así a la noción de “sentimiento moral”, que es central en la obra de Hume, y que como tal merece en esta obra un análisis detallado y una matización de varios aspectos fundamentales, tanto a lo largo de las diferentes secciones de la obra principal, como en un Apéndice titulado “Sobre el sentimiento moral” que constituye una sección particularmente relevante de la argumentación de Hume. Un primer elemento esencial para Hume es que este sentimiento no es algo relativo o particular de cada persona. Si así lo fuese, cada cual podría tener unos ciertos “gustos morales”, al igual que puede tener diferentes gustos por los colores en la ropa o los sabores en la comida, lo cual evidentemente los privaría de cualquier capacidad de actuar como principio de la moral. En cambio, lo que caracteriza a este sentimiento es que, para Hume, en sus aspectos esenciales es compartido universalmente.
Como mecanismo que justifica esta universalidad, en segundo lugar, y en contra de los postulados de Hobbes, o incluso de lo que más tarde Kant denominaría la “insociable sociabilidad” del ser humano, la propuesta de Hume resulta particularmente optimista, pues su estudio del comportamiento humano le lleva a concluir que este sentimiento tiene un carácter inherentemente generoso y altruista: para Hume, “este sentimiento no puede ser otro que un sentimiento en favor de la felicidad del género humano, y un resentimiento por su desdicha”. Solo así pueden justificarse circunstancias como que frente a un comportamiento que pese a no proporcionarnos ventajas particulares, o que incluso nos resulta claramente perjudicial, como podrían ser las acciones de un enemigo, el sentimiento moral pueda juzgar estas acciones como laudables si encuentra en ellas rasgos como la valentía o la generosidad. El ser humano está así dotado, para Hume, de una serie de virtudes naturales, entre las que se puede destacar esta afinidad mutua que Hume denomina “simpatía”. Esta simpatía, presente en todas las personas, explica por qué nos importan los demás, por qué la utilidad no es puramente racional, sino que suscita una respuesta emocional; y, en definitiva, cómo superamos el egoísmo de un puro interés propio inmediato.
En tercer lugar, y en contra del “sentido natural” de Hutcheson, o de propuestas muy posteriores como por ejemplo las del “gen egoísta” de Dawkins, según las cuales esta aparente tendencia al altruismo no sería sino el producto de un cálculo inconsciente de la utilidad que la selección natural ha realizado por nosotros y ha inscrito en nuestros genes, para Hume el sentimiento moral no es exclusivamente innato, sino que es una cualidad adquirida que necesita cuidados y educación. En efecto, mientras que para Hume el sentimiento moral se apoya en cualidades indudablemente innatas, entre las que se puede destacar la ya mencionada de la simpatía, tales disposiciones quedan incompletas sin una educación y un aprendizaje (esencialmente social) que pulan tanto las ya mencionadas “virtudes naturales” que surgen directamente de la naturaleza humana (la benevolencia, la compasión…), como especialmente un cúmulo de “virtudes artificiales”, como la justicia, el respeto a la propiedad o la obediencia a las leyes, que surgen esencialmente de una convención social. Se puede retomar aquí la analogía con la apreciación estética, que descansa seguramente en unas capacidades innatas, pero que no puede llegar a ponerse plenamente en juego sin una larga y esmerada formación. Es, en definitiva, un hábito, término esencial en la filosofía de Hume que en esta obra encuentra su aplicación también en el ámbito de la moral.
Esta cualidad del “sentimiento moral” permite además enlazarlo con la vida política, como se discute en la larga sección de la obra dedicada a la justicia. Para Hume, el sistema legal no es sino una transposición de este aprendizaje individual, pues, desde su punto de vista, este sistema, aunque no necesariamente perfecto, tampoco es exclusivamente contingente o convencional sino que, para ser adecuado y valioso, ha de estar fundado en valores morales. Esta apreciación distancia los planteamientos de Hume de otras corrientes fundadas en el bienestar individual y la utilidad, como el epicureísmo, pues mientras que el énfasis en los valores de la vida cotidiana pueden considerarse comunes a ambas corrientes, Hume, con su evaluación de la justicia, se aleja de la perspectiva inherentemente privada de la moral epicúrea, y considera en cambio que la vida compartida en sociedad es condición necesaria para la formación del sentimiento moral y, por lo tanto, para una vida moral.
La “Investigación” de Hume condensa así varios aspectos característicos de la evolución del pensamiento político y moral durante la Ilustración, unidos a varias aportaciones únicas de este autor. Se pueden apreciar en ella lo que Charles Taylor describió como virajes hacia la interioridad, con una fundamentación de la moral que descansa en las personas y no en elementos ajenos a ellas, y también hacia la secularización y hacia el elogio de la vida cotidiana, en la que Hume destaca virtudes como la laboriosidad, la frugalidad o la benevolencia. En efecto, Hume dedica una larga sección del libro a descalificar la antigua visión moral de la mortificación monástica, esencialmente mediante el argumento de que no solo no produce ningún bien ni ninguna utilidad para nadie, sino que más bien constituye una rémora para las sociedades que deben sostenerla. El énfasis de Hume en el “sentimiento moral” como elemento de gradación que permite distinguir entre diversos fines puede vincularse también con lo que Taylor denomina la capacidad específica de los seres humanos de actuar como “evaluadores fuertes”.
Del mismo modo, esta obra anticipa los retos que este viraje de la visión moral irán poniendo de manifiesto a lo largo de la modernidad, como las dificultades para establecer esa clase de fundamentación estable y universal de la moral que Hume todavía parece tener esperanzas de poder alcanzar. En este aspecto, se puede destacar la cierta indeterminación en la que queda su balance entre la naturaleza innata y la adquirida del sentimiento moral, y las contradicciones a las que esto lleva entre el pretendido carácter universal de este sentimiento y algunas de las conclusiones de Hume, marcadamente particulares y vinculadas a la sociedad de su época, como su énfasis en la castidad entre las virtudes de las mujeres, o la defensa de las instituciones de la propiedad privada como justificación del sistema proto-capitalista que ya se iba configurando en aquellos momentos. Pero, con todo, la “Investigación” de Hume destaca como una presentación particularmente completa y clara de un ideal secular y utilitario de la vida en sociedad, innovador en su época y aún relevante hoy en día; una llamada a una existencia pacífica basada en una visión optimista de la naturaleza humana, apoyada en las cualidades cotidianas de la simpatía, la afabilidad, el afecto, la benevolencia y la amistad.
