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Sartre y la Conciencia Intencional: Claves Filosóficas

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La intencionalidad, tal y como la define la fenomenología, es para Sartre el concepto clave con el que se articula uno de sus principales focos de interés, tanto en su obra filosófica, como en la literaria: una nueva psicología, no cientifista, pero tampoco espiritualista, que alcance a describir la naturaleza de ese individuo que, ante todo, existe.

Así, en La imaginación, una de las primeras obras filosóficas de Sartre, publicada en 1936, leemos:

La intencionalidad, tal es la estructura esencial de toda conciencia. De donde resulta naturalmente una distinción radical entre la conciencia y aquello de lo que se tiene conciencia. Cualquiera que sea el objeto de la conciencia (salvo en el caso de la conciencia reflexiva) está por principio fuera de la conciencia: es trascendente. Esta distinción, a la que Husserl no se cansa de volver, tiene por finalidad combatir los errores de cierto inmanentismo que quiere constituir el mundo con contenidos de conciencia (por ejemplo el del idealismo de Berkeley). Sin duda hay contenidos de conciencia: pero estos contenidos no son el objeto de la conciencia: a través de ellos la intencionalidad apunta al objeto que por su parte es el correlato de la conciencia pero no es la conciencia. El psicologismo, partiendo de la fórmula ambigua “el mundo es nuestra representación”, hace desaparecer el árbol que percibo tras una miríada de sensaciones, de impresiones cromáticas, táctiles, térmicas, etc, que son “representaciones”. De modo que, finalmente, el árbol aparece como una suma de contenidos subjetivos y es un fenómeno subjetivo. Por el contrario, Husserl comienza por poner al árbol fuera de nosotros.» (J. P. Sartre, La imaginación)

Sartre recorre en el texto comentado los principales rasgos de la conciencia fenomenológica en cuanto conciencia intencional, conciencia «de algo», resaltando la importancia de esta aportación de Husserl para superar tanto el realismo como el idealismo, particularmente en el ámbito de la psicología. No en vano, Sartre conocía muy bien el trabajo de Husserl, con el que tuvo un contacto de primera mano gracias a la beca de investigación que disfrutó en Alemania en 1933, y fue uno de los principales difusores de Husserl en Francia [1]. El propio Sartre fue, a su vez, uno de los principales prensadores no alemanes cuya influencia fue reconocida por Gadamer, cerrando así un círculo como eslabón intermedio de las tres grandes etapas que articulan el desarrollo de la fenomenología: la trascendental, la ontológica-existencial y la hermenéutica.

En una primera lectura, el texto se presenta como una síntesis de la noción de conciencia intencional de Husserl y un elogio de la importancia de esta aportación. Sartre, muy interesado en la psicología, considera necesario purgar esta ciencia de los excesos del cientifismo puramente materialista y mecanicista que amenazaba con imponerse en su época, con casos extremos como el conductismo del condicionamiento de Pavlov. Pero también confronta al psicologismo, que reduce a la conciencia a un mero contenedor de percepciones y pretende, como Berkeley, «constituir el mundo con contenidos de conciencia»; o que, aún más, reduce la conciencia, como Hume, a un haz de percepciones inconexas, de «impresiones cromáticas, táctiles, térmicas» que son puras representaciones solipsistas y que únicamente alcanzan a construir un modelo interno que hace que todo el contenido de la conciencia sea esta representación subjetiva construida por ella misma.

Frente a este inmanentismo y subjetivismo, Sartre resalta que la conciencia intencional como «conciencia de algo» y su llamada a los fenómenos, «a las cosas mismas», permite superar la subjetividad y el inmanentismo y, de este modo, los callejones sin salida a los que conducen estas posturas [2, 3], así como a esa ontología ingenua de la imagen que la reduce a algún tipo de cosa inferior a aquello que representa. De este modo, y siguiendo a Husserl, para Sartre no cabe hablar de una conciencia que se constituya «en el vacío», como pretendía el cogito cartesiano, o que opere por sí sola o con contenidos y representaciones construidos exclusivamente por ella. Toda conciencia es necesariamente conciencia de algo, es conciencia abierta al mundo, conciencia intencional, y sus imágenes, a diferencia de las percepciones, no se dan por escorzos, por esa suma de impresiones sensibles en que quedaría desmontado el árbol que se menciona en el texto comentado, sino toda entera, ya que el objeto de la imagen es la conciencia, mientras que el objeto de la percepción es lo que trasciende a la conciencia. En esta distinción entre la conciencia y su objeto, Sartre encuentra la respuesta de Husserl al psicologismo subjetivista y la vía para superarlo.

Pero, sin embargo, más allá de esta primera lectura del texto como elogio y recapitulación de las aportaciones de Husserl, cabe percibir en el texto algunos de los aspectos que distancian a Sartre de su predecesor. Distancias que, rebasando las diferencias en el tono y en la capacidad expresiva de Sartre como premio Nobel (rechazado) de literatura, alcanzan aspectos de concepto.

En efecto, en las primeras líneas del texto, Sartre enfatiza esa diferencia entre conciencia y contenido de la conciencia que es absolutamente «radical», así como que «cualquiera que sea el objeto de la conciencia (…) está por principio fuera de la conciencia». Se llega así a uno de los principales rasgos del pensamiento de Sartre, que articula tanto su producción filosófica como la literaria: esa radical exterioridad y otredad del mundo, en el seno de la cual el ser se ve necesariamente arrojado, por cuanto solo puede existir como ser-en-el-mundo, puesto que la intencionalidad es la «estructura esencial de toda conciencia». Y con este verse arrojado al mundo, llega la angustia, la náusea, la sensación de absurdo, el extrañamiento respecto de este mundo externo que nos invade sin aviso y sin que sea posible mantener oposición alguna, que nos es necesaria e inevitablemente dado, un extrañamiento que incluso nos alcanza a nosotros mismos, a nuestro propio cuerpo, ya que toda imagen se construye a partir de un proceso de nihilización, de extrañamiento frente a todos los otros entes en el mundo, por cuanto la imagen es un objeto, pero irreal; aparece, como todo objeto, frente a la conciencia, pero fuera de la realidad [1].

La fenomenología y la conciencia intencional de Husserl se ven así influenciadas por la lectura de Heidegger para convertirse en una fenomenología ontológica que trasciende la dimensión puramente epistemológica. El verse arrojado al mundo es lo que define al ser, un ser en el que la existencia precede a la esencia, y ninguna de ellas puede concebirse como sustancia al margen de la historia y del mundo. El ser es ser-en-el-mundo, no puede escapar de su existencia, y en esto consiste su radical libertad [4].

Este uso por Sartre de la conciencia intencional de Husserl incluso ha llevado a algunos autores a cuestionar si Sartre llegó a recoger la aportación de Husserl con la fidelidad y el reconocimiento que parece expresar el texto comentado, o si por el contrario se alejó definitivamente de ella [5]. Sin duda, es explícita en Sartre la inversión del papel del yo fenomenológico de Husserl, que pasa de ser el responsable en Husserl de la unificación de la conciencia, para convertirse en cambio para Sartre en el producto de esta misma conciencia, que es la que posibilita la unidad y la personalidad del yo, en virtud de la propia intencionalidad que se trata en el texto comentado. La epojé de Husserl queda de modo correspondiente transformada ya no en una suspensión de la actitud natural, sino en el vaciamiento de la conciencia subjetiva, precisamente con el objetivo de reducirla a la intencionalidad. Esta transformación conlleva también la conversión del «yo pienso» cartesiano en un «hay conciencia de»; y, quedando de este modo la conciencia depurada del yo, deja de convertirse en sujeto para dar prioridad a la espontaneidad de su existencia. Esta transformación conduce a otra de las grandes aportaciones originales de Sartre, el para-sí del sujeto, de la conciencia y de los fenómenos, un para-sí traslúcido y libre, y, como fuente y producto de la nihilización, vacío de contenidos, frente al en-sí opaco del mundo [6].

En conclusión, si por una parte es indudable la deuda que Sartre mantiene con la fenomenología de Husserl, deuda reconocida en el texto comentado respecto del carácter central de la intencionalidad en la construcción y la reelaboración de la conciencia, son también innegables los desajustes y las nuevas aportaciones que alejan a Sartre de Husserl. Estas diferencias son especialmente patentes en la concepción de Sartre de la vinculación de la intencionalidad con la construcción de imagen y, con ella, de la conciencia. La intencionalidad activa se revela para Sartre en la espontaneidad de la conciencia que se construye no como un yo apriorístico o como expresión de una sustancia determinada, sino pre-reflexivamente, como producto de una potencia imaginativa absoluta. Esta reelaboración de la intencionalidad conduce así a la tesis más radical de la filosofía de Sartre: la absoluta libertad de una conciencia que se define por su existencia.

Referencias

[1] J. P. Sartre, fenomenología y existencialismo, en Mª Carmen López Sáenz, Corrientes actuales de la filosofía I en-clave fenomenológica. Ed. Dykinson, 2ª ed., 2016.

[2] Stewart Goetz y Charles Taliaferro, A Brief History of the Soul. Wiley-Blackwell, 2011.

[3] Ian Ravenscroft, Philosophy of the Mind. Oxford University Press, 2005.

[4] Lourdes Gordillo Álvarez-Valdés. Sartre: la conciencia como libertad infinita. Tópicos 37 (2009), 9-29.

[5] Eduardo Bello. La idea de intencionalidad en Husserl y Sartre. Anales de la Universidad de Murcia, Filosofía y Ciencias de La Educación, vol. 39, n. 1-4 (1981)

[6] Wilfer Alexis Yepes Muñoz. Intencionalidad y ausencia en El Ser y La Nada de Jean-Paul Sartre. Hallazgos  n.27, pp. 93-110 (2016)

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