“Reflejos”, la primera obra poética de Pedro Díez Cocero, es una compilación, como anuncia la portada, de “unos poemas goteados con sabores Fuertes a Gloria”. Poemas, como los de Gloria Fuertes, caracterizados por un lenguaje limpio y sencillo, que abordan los sentimientos de la vida cotidiana, muchos de ellos con sentido del humor, algunos con una cierta ironía sombría, todos con claridad y franqueza.
Cuando ser resisten los charcos
a ser interrumpidos
démosles el respeto que piden
–tímidamente–
para mirar los reflejos.
Los poemas giran en torno a la experiencia de la ruptura de una relación que había durado varios años. Siendo este tema de la separación todo un clásico en la poesía, es agradable comprobar que se puede seguir tratando hoy en día sin caer en exageraciones y sobreactuaciones, ni tampoco en las rimas simplonas de ciertos cantantes de éxito.
A veces sentarse a ver pasar a la gente
también es importante.
Dos que se miran.
Dos que se agarran.
Dos que se tocan y sonríen.
Ahora, no pasa nadie.
Cuatro en cuadrilla
-hay uno que no encaja-.
Una con andar pesaroso.
Uno que no sabe a dónde va
y una que viene a traerme la cuenta
de mi café solo.
El dolor por la ruptura de una relación sentimental es algo que de una forma u otra cualquier persona ha experimentado y puede comprender. Es un sentimiento de pérdida que abre un periodo de duelo. Con la ruptura, todos los futuros que se habían imaginado con esa persona, todo un abanico de posibilidades y expectativas en función de las que se había estado viviendo hasta ese momento, muere: ya no se realizará nunca. Quedarán y llegarán muchas otras cosas, por supuesto, pero esas ya no.
Hay cosas, como sangrar,
que no se hacen ni bien ni mal,
Sino como a uno le sale
–literalmente-.
Luego te ven y te dicen:
¡¿Pero no ves cómo lo has puesto
todo de rojo?!
Perdón,
por sangrar
Hay cosas que no se pueden (quizá no se deben) superar: solo cabe asimilarlas y adaptarse. En esta época de felicidad cuasi obligatoria y del “coaching” que nos enseña que la tristeza es una patología que se ha de vencer y curar (y, como corolario, que si no se logra esta victoria, es en cierta medida culpa de uno mismo y de su desidia), no está de más que poemas como los de Pedro Díez Cocero nos recuerden que la tristeza no es innecesaria ni vergonzosa, que es bueno cederle sus tiempos, y que no hay por qué salir de ella, sino que más bien se le puede encontrar el hueco que merece junto a otras experiencias. Las cosas importantes no deben dejarse atrás por completo.
Se van los olores,
se vienen los recuerdos.
Se caen los miedos,
vienen otros nuevos.
Desaparece de mi espectro.
La pinto en todas las caras.
La quiero pintar en todas las caras.
No quiero dejar de pintarla en todas las caras.
No desaparezca nunca de mi espectro.
